Por: Saúl Méndez Aguilar
El año 2019 fue un año dinámico para la economía mexicana,
ya que fue el primer año formal de la nueva administración publica encabezada
por Andrés Manuel López Obrador, que arrancó con altas expectativas por parte
de la población mexicana, al tener una aprobación de la ciudadanía cercana al
60%.
La cuarta transformación arribó al poder con el discurso
de acabar con el “neoliberalismo” en México, el cual, tenía estancada a la
economía nacional los últimos 37 años. A su vez se declaró que sería el Estado el
que tejería los hilos de la actividad económica del país a través de la
inversión pública, generando crecimiento económico y nuevas fuentes de empleo.
Lo anterior quedó simplemente en el discurso político,
puesto que en el mes de diciembre de 2018 se dio a conocer el paquete económico
que se ejercería para el año 2019. Este tenía grandes expectativas, puesto que
sería el primer paquete económico que la nueva administración realizaría. En
este, se esperaba y como se mencionó en el párrafo anterior, que los rubros de
la inversión pública tuvieran un incremento con respecto a las gestiones
pasadas.
Pero todo se
mantuvo prácticamente igual que en al año 2018. Los niveles de inversión
pública no se incrementaron, bajo el argumento de la “austeridad republicana”
se presentaron nuevos recortes a rubros como ciencia y tecnología, educación y
salud, así como también la reducción de subsidios como al de estancias
infantiles por poner un ejemplo.
La deuda pública
no aumentaría, y el balance fiscal primario (el resultado de restar los egresos
a los ingresos sin los costos de la deuda) sería superavitario, es decir el
gobierno trabajaría únicamente con los recursos que captaría, demostrando así
que sigue temeroso a presentar déficit en su balance fiscal. Después de todo,
el neoliberalismo no había terminado, puesto que la austeridad seguía.
Para marzo de este año, se dio a conocer la cifra de
crecimiento económico para el primer trimestre del año, este presentó un
crecimiento de tan solo en 0.2%. Para el segundo trimestre de 2019 según INEGI
registro un crecimiento del 0.0%. Se encendían las alarmas, la economía
mexicana se encontraba en un proceso de desaceleración. Era únicamente cuestión
de que la cifra de la actividad económica del tercer trimestre fuera negativa para
declarar a México oficialmente en una recesión técnica. Sin embargo, al
presentarse dicha cifra en octubre, la cual se colocó en 0.1%, el país podía
“respirar tranquilamente” al menos en lo que resta del año. La recesión no
llegaría.
Durante casi todo el año, la inflación se mantuvo en
niveles bajos, estables y dentro de la meta que el banco central se propone a
cumplir, nuestra autoridad monetaria estaba haciendo su deber de manera
adecuada.
Lo anterior aunado
a que el panorama de la actividad económica del país presentaba niveles de
desaceleración y una posible recisión, y que la Reserva Federal en Estados
Unidos (Órgano encargado de llevar la política monetaria de los vecinos del
norte) comenzó una fase de relajamiento sobre sus tasas de interés, dio pie a
que el Banco de México hiciera lo propio y comenzara a bajar los tipos de
interés de 8.5% (la tercera tasa de interés más alta en el mundo junto a países
con procesos hiperinflacionarios) que se encontraba, a 8.0% en agosto en un primer
momento, y para el mes de octubre llevarla al 7.5% , nivel que se mantiene a la
fecha.
Recordando que,
tasas de interés altas tienen un efecto negativo en la actividad económica de
un país, y tasas de interés bajas estimulan la producción de una nación, el
Banco de México tomó la primera iniciativa en llevar a cabo una política
económica anticíclica, la cual ayudaría a contrarrestar los bajos niveles de
actividad económica del país, donde se espera que dicha política comience a surtir
efectos para el próximo año.
En materia de comercio exterior, las constantes tensiones
provocadas por la guerra comercial entre Estados Unidos y China, llevaron a
frecuentes amenazas de fijación de aranceles por parte de Donald Trump, en una
primera instancia a productos chinos, pero a su vez a productos mexicanos como
el aguacate y diversos minerales. Todo quedaría, hasta el momento en constantes
amenazas sin graves medidas tomadas.
Mientras tanto el T-MEC, el nuevo acuerdo comercial con
Estados Unidos y Canadá sigue a la espera de la aprobación por parte de los legisladores norteamericanos,
pintando una posible aprobación del tratado por parte de estos para el año
entrante.
El año 2020 tendrá mucho por contar, ya que en primer
lugar tendremos que ver que harán las autoridades mexicanas, se espera una
mayor presencia en los hacedores de la política económica nacional, sobre todo
en materia de una política fiscal la cual sea activa y contraciclica por parte
de la secretaria de hacienda, donde se aprecie un mayor gasto en inversión
pública, para que la actividad económica vuelva a repuntar y salga de este
contexto de una posible recesión en la que se encuentra inmersa.
La aprobación del T-MEC es de suma importancia para la
política exterior mexicana, puesto que su modelo de crecimiento descansa en el
comercio exterior, en particular a presentar mayores niveles de exportaciones.
Se espera que, en materia de inflación, los precios sigan
con la misma tendencia de mantenerse bajos y estables, para que la política
monetaria siga manteniendo los niveles de tasa de interés del presente año, y así
pueda orientarse junto a la política fiscal antes mencionada para estimular la
actividad económica del país.
El año que esta por venir tendrá cierto grado de
incertidumbre, puesto que el panorama mundial parece de igual forma entrar en
un periodo de recesión , si las hacedores de la política económica en México no
logran intervenir a tiempo, el año 2020 puede estar marcado por bajo
crecimiento económico, incluso presentar tasas negativas, dando pie a que
aumenten los niveles de desempleo, y se ve mermado el bienestar de la población
mexicana, y ahí entonces se necesitará otro discurso político.

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