Por Arturo Martínez Paredes
El nuevo tratado de libre comercio de América del
Norte, conocido como T-MEC fue aprobado por el legislativo estadounidense y muy
seguramente será aprobado por el congreso canadiense muy próximamente, por lo
que podemos decir que más pronto que tarde tendremos un nuevo acuerdo que rija
las relaciones comerciales entre los tres países conformantes de América del
Norte. Esto se ha mostrado como una buena señal, los medios informativos suelen
vender la idea de los tratados comerciales casi como algo sagrado del que
depende un país completo, en realidad no es tan cierto.
Los tratados son importantes,
efectivamente otorgan estabilidad, certidumbre y un marco con reglas más o
menos claras en donde hay cierta confianza a largo plazo. Pero más allá de
hacerle cómodas las inversiones a algunas empresas, un tratado comercial ayuda
a crear comercio, es decir, facilita que lo producido sea objeto de
exportación. Para México abre un mercado que paga mejor a los productores
locales y permite encontrar mercancías más baratas en los mercados locales.
Hasta ahí todo bien, y básicamente es cierto, el problema viene cuando se
piensa al comercio libre y un acuerdo como un imán de inversiones y aún peor,
tales inversiones como un mecanismo significativo para el desarrollo económico.
La muestra más clara del fracaso que esta
lógica ha significado es la condición laboral del trabajo en la producción al
exterior, es decir, los trabajos generados a partir de la apertura comercial,
que casi completamente se destinan a EEUU.
Los salarios son claramente precarios y se
encuentran estancados hace décadas. Se ha vendido la idea de que esto favorece
a México, nos da la oportunidad de tener trabajos que sin tales niveles de salario
no tendríamos. Mi opinión es que esto es sólo ideología, México no es un
pequeño país a merced de lo que el mercado internacional disponga y lo que las
grandes empresas multinacionales manufactureras quieran ganar a costa de miles
de trabajadores, no somos una pequeña isla en el Pacífico con dos mil
habitantes, se trata de una de las quince economías más grandes del mundo y más
de cien millones de habitantes, con una posición geográfica que le permite
acceder al mayor mercado importador del mundo de manera sumamente fácil. Se
debe de entender a México como un lugar que por sí mismo es atractivo a la
inversión, y que México puede exigir ciertas condiciones para sus trabajadores.
Dentro del nuevo tratado se propone un
costo si, para ciertas industrias, no existen salarios más altos para México,
por tanto, el gobierno de AMLO se ve obligado a aumentar el salario mínimo
significativamente por primera vez en más de treinta años. Lo que se pretende
es homologar el salario de los trabajadores mexicanos con el de los
estadounidenses. El punto aquí es que el salario estadounidense es sumamente
alto respecto a su productividad y el mexicano es bajo.
AMLO y Trump coinciden en que hay que
subir los salarios mexicanos, lo que en realidad favorecería de gran manera a trabajadores
que en realidad deberían tener una mucho mayor capacidad de negociar un mejor
salario. Debe ser una puerta para eliminar barreras ideológicas absurdas en
contra de regular la inversión y el comercio mexicano al exterior.
Esto esconde la incapacidad que tiene la
industria estadounidense para ser competitiva con el resto del mundo, con los
altos costos por altos salarios y un aparato productivo obsoleto, que con
amenazas de aranceles no van a corregir. Lo que nos muestra este nuevo tratado es
el descontento por la globalización y un primer intento por hacer algo en la
región, quizá para México sí sea benéfico este nuevo tratado si se gestiona de
manera correcta una política industrial acorde, para EEUU se requieren cambios
mucho más profundos y un acuerdo como este no significará un
arreglo significativo.
Bibliografía
Ríos, V. (19 de diciembre de 2019). The New York Times. Obtenido de https://www.nytimes.com/es/2019/12/19/espanol/opinion/tmec-mexico.html

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