Por
Arturo Martínez Paredes
El
concepto sobre Japón quizá sea el de una economía dinámica, creciente, con alto
contenido tecnológico vanguardista. En efecto es la tercera economía más grande
del mundo, en perspectiva es algo así como cuatro veces la economía mexicana,
dos veces la de Francia, es también uno de los países que más invierte en el
mundo, cuenta con un sector automotriz importante, en el que destaca el mayor
fabricante de automóviles en el mundo que es Toyota.
El
crecimiento japonés fue en promedio en la década de los 80 del siglo pasado,
4.4%, EEUU y las economías avanzadas crecieron en promedio 3.1% en el mismo
periodo. Significó algo muy prometedor, se pensó que la economía japonesa
incluso podría sustituir a EEUU como la economía líder del mundo.
Japón
logró posicionarse en la cúspide de la esfera tecnológica, aprovechó el
desarrollo informático para generar industrias alrededor, que en buena medida
han logrado conservarse aún hoy. Con el desarrollo de actividades intensivas en
conocimiento, se desarrolló una dinámica al exterior que le permitió
posicionarse como una de las mayores economías del mundo. Sin embargo, llegaron
los años 90, y a partir de entonces el promedio de crecimiento ha bajado cada
vez más. Desde el año 2014 al 2019 Japón sólo creció en promedio 0.9% ¿Cómo es
posible que la tercera economía más grande del mundo no crezca más de 1%?, ¿Qué
le ocurrió a la economía japonesa que ha provocado tal nivel de estancamiento?
Creo
que suena familiar que una economía asiática en auge contraiga un gran
superávit comercial con EEUU, que inunde su mercado de sus productos,
significativamente de mejor calidad y más baratos que los locales. También
suena familiar que un presidente estadounidense conservador, proteccionista y
republicano que no tuvo experiencia política anterior al cargo, haga una
gigantesca campaña de desprestigio y ataques unilaterales en contra de un país
que hace mejores cosas que las hechas en EEUU. Pues esto, pasó en los 80,
Ronald Reagan comenzó esta guerra comercial, además de cambiaria en contra de
Japón, con resultados francamente exitosos para la causa estadounidense.
Contrario
a su ideal de libertad económica, la política estadounidense es en muchos
momentos de su historia sumamente proteccionista y conservadora. Esta no fue la
excepción, el punto culminante del conflicto con Japón fue un golpe autoritario
conocido como el Acuerdo Plaza, en el que se reunieron autoridades de
los cinco países más avanzados del mundo (EEUU, Reino Unido, Alemania, Francia
y Japón), en el famoso hotel plaza en Nueva York para discutir los tipos de
cambio de las monedas de tales países. En la mira estadounidense estaba Japón y
el Yen. Lograron persuadir a las autoridades japonesas de apreciar el yen y
permitir que el dólar se depreciara, es decir, se pretendió que las
exportaciones japonesas fueran más costosas y así limitar el déficit comercial,
al mismo tiempo que se debilitaba la economía japonesa. La economía japonesa
dejó de aspirar a suplantar a EEUU a partir de entonces.
En
años recientes, como menciono antes, la economía de Japón crece menos de 1%, y
esto no se puede explicar sólo con una apreciación obligada. La dinámica
interna japonesa es extraña, sus exportaciones no crecen, pero su consumo
interno es tan bajo, que las importaciones son aun menores, por lo que tienen
un superávit por estancamiento. El gobierno ha aplicado una gran cantidad de
medidas para tratar de incentivar al consumo, que parecen no estar funcionando,
las causas de esta falta de consumo son diversas y ambiguas. Lo que es verdad
es que una economía tan grande como la japonesa no crece, y no parece haber
soluciones ante una casi inminente recesión. El gasto del gobierno es sumamente
alto y tiene la deuda pública relativa al PIB más grande del mundo.
Quizá
una forma para salir un poco de su carente dinámica comercial sea orientar su
comercio a la región que más crece y es más dinámica en cuanto a comercio
internacional, que para suerte de los japoneses, es el resto de Asia,
particularmente el ASEAN. Japón a diferencia de México tiene más capacidad de
desligarse de la influencia estadounidense y diversificar sus relaciones.

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